…Y al final no escuchan nada

Página/12  Lunes, 14 de Abril de 2008

 El quince por ciento de los jovenes sufre sordera por los decibeles de las discos y los MP3

Dunga dunga y al final no escuchan nada

Un estudio de la UTN de Córdoba dice que, a los 18 años, nueve de cada diez chicos están expuestos a niveles excesivos de ruido.

Por Pedro Lipcovich

Nueve de cada diez jóvenes, a los 18 años, resultaron estar expuestos a “niveles excesivos de ruido”, especialmente por la concurrencia a lugares bailables y el uso inadecuado de equipos con auriculares. Ya a los 14 y 15 años, tres de cada diez chicos se hallaban en esa situación. Como consecuencia, el 15 por ciento de los adolescentes tenía disminución en su capacidad auditiva. Tales son los resultados del trabajo -reconocido internacionalmente- que realiza un equipo de investigadores de la UTN en Córdoba. Como los dueños de las discotecas no aceptaron que se midiera verazmente el nivel de ruido, los científicos recurrieron a equipos portátiles, introducidos clandestinamente por jóvenes voluntarios: así documentaron niveles de ruido similares a los del despegue de un avión. El deterioro auditivo en los jóvenes -mayor en los varones que en las chicas- lo evaluaron mediante audiómetros especiales “de rango extendido”. Por lo demás, los daños ya suscitan alarma social, al punto de que los médicos que chequeaban el ingreso a una escuela de policía llegaron a creer que sus audiómetros funcionaban mal: lo que funciona mal es el oído de los jóvenes, que “empiezan su vida laboral con una pérdida auditiva importante”. En su diálogo con Página/12, los investigadores de la UTN formularon propuestas: 1) para que los jóvenes puedan minimizar el daño provocado por el ruido excesivo; 2) para que la sociedad empiece a enfrentar el problema.

El estudio se efectúa en el Centro de Investigación y Transferencia en Acústica (Cintra) de la Universidad Tecnológica Nacional, que dirige Mario Serra; los resultados vienen publicándose en el International Journal of Audiology y el American Journal of Audiology. “A los 18 años, alrededor del 90 por ciento de los jóvenes estudiados están expuestos a niveles de ruidos excesivos, principalmente por concurrir a lugares bailables y también por el uso de equipos personales como los reproductores de MP3”, señaló Ester Biassoni, codirectora de la investigación en el Cintra.

El estudio abarcó dos etapas. En la primera, “se siguió durante cuatro años, desde los 14 hasta los 18, a un grupo de más de 200 alumnos de secundaria. Encontramos que la exposición a ruido excesivo aumenta sucesivamente -advirtió Biassoni-, en especial en los últimos años de la escuela secundaria”. La segunda parte de la investigación, que se halla en curso, se refiere a 210 chicos de 14 a 15 años, alumnos de colegios industriales cordobeses. “Un tercio de estos adolescentes están expuestos a niveles de ruido excesivos”, señaló Mario Serra, quien dirige los trabajos. “Las muestras incluyen chicos de distintos niveles socioeconómicos, y en todos el nivel de exposición al ruido va en aumento -agregó Biassoni-: es que todos asisten a lugares bailables, aunque los de nivel medio alto vayan a discotecas y los otros a bailantas.”

Pero, ¿cómo saber, con validez científica, que en los lugares bailables hay demasiado ruido? “Es todo un arte -contó Serra-: uno no puede entrar a una discoteca con un instrumento para medir el nivel sonoro, porque no lo dejan. Y si uno obtuviera una orden legal, entonces bajarían el nivel sonoro mientras se efectuara la medición. Lo que hicimos fue seleccionar un grupo de chicos, los más responsables, y pedirles que llevaran un equipo portátil de medición disimulado entre sus ropas.” El resultado fue que “el nivel de sonido habitual en los lugares bailables es de unos 107 decibeles, y en algunas llegamos a medir 119 decibeles”, contó Serra y exclamó: “Es una locura… Es el mismo nivel de sonido que se escucha a cien metros del despegue de un avión de línea”. Y el proceso se realimenta a sí mismo porque “a medida que se corre el umbral auditivo, la persona, así desensibilizada, necesita niveles sonoros más altos para poder oír”.

El resultado fue que “en 30 adolescentes, sobre un total de 200, verificamos, hacia los 17 años, un ‘corrimiento del umbral auditivo’, una disminución en la capacidad para oír; un año después, en el mismo grupo, esa alteración permanecía y en varios casos se había acentuado, lo cual permite hablar de un corrimiento permanente del umbral”, señaló la investigadora, y agregó que “se daba para sonidos de altas frecuencias, pero iba bajando hasta las frecuencias que son fundamentales para la comprensión del lenguaje hablado”.

El efecto del ruido no ocupacional suele revelarse cuando los jóvenes quieren empezar a trabajar: “Hace tres años, Fiat abrió una nueva planta en Córdoba y convocó a aspirantes de 18 a 25 años: de unos 2000 que fueron rechazados por diversos problemas físicos, más de 900 padecían hipoacusias, la gran mayoría de las cuales habían sido inducidas por ruido”. El año pasado, en la Escuela de Oficiales de Policía de Córdoba, el 20 por ciento de los aspirantes fueron rechazados por hipoacusia; los médicos nos enviaron sus audiómetros para que los revisáramos, creyendo que estaban descalibrados, pero no, estaban bien. El hecho es que muchos jóvenes cuando empiezan su vida laboral ya tienen una pérdida auditiva importante”.

Y la pérdida fue mayor en varones que en mujeres: “Los varones están generalmente más expuestos porque, además suelen usar más los equipos personales de música, andan en moto o en autos con equipos de música a alto volumen”.

Por otra parte, “verificamos que, entre adolescentes que habían estado expuestos a niveles sonoros parecidos durante tiempos similares, algunos tenían pérdidas auditivas mucho más importantes: estamos investigando la hipótesis de un factor personal de sensibilidad, posiblemente genético”, contó Serra, y comentó: “Sería muy útil poder descubrir tempranamente quiénes tienen sensibilidad aumentada y, por lo tanto, mayor riesgo de sufrir hipoacusia inducida por ruido”.

¿Qué es lo que pasa en el interior del aparato auditivo cuando el umbral baja? ¿Hay algo que se rompió? Sí, contesta Serra: “En el oído interno hay unas células que tienen ‘cilias’, prolongaciones muy delgadas que, según el sonido que ingresa, van a rozar con una membrana que a su vez trasmitirá el estímulo al nervio auditivo: cuando el sonido es muy fuerte, la intensidad del rozamiento es mucho mayor, y así las cilias se desgastan, se cortan, como si se les pasara papel de lija, y esto es irreparable”.

 

Los iPods, los MP3 y la barrera de los 90 decibeles

Los consejos para evitar riesgos

Por Pedro Lipcovich

En discotecas u otros ambientes con ruido, “conviene utilizar protección personal, como los tapones auriculares -sugiere Mario Serra, titular del Cintra-: los ‘amasables’, hechos con poliuretano, bajan entre 15 y 20 decibeles el nivel sonoro, lo cual suele bastar para salir de la zona de riesgo; no llaman la atención; no impiden que la persona siga oyendo y permiten mantener conversaciones. Muchos músicos de rock los usan. Conviene manejarlos con manos que no estén muy sucias, para no introducir gérmenes en el canal auditivo”.

– “No es bueno usar equipos con auriculares (iPods, MP3, etcétera) en lugares ruidosos como subtes, colectivos o calles céntricas”, propone Serra, y explica: “Estos amplificadores personales no son nocivos en sí mismos: se tornan dañinos según el ambiente en que se los escuche. Para escucharlos bien, tienen que estar entre 10 y 15 decibeles por encima del ruido ambiental: en pleno centro de una ciudad, el sonido ambiente puede llegar a 90 decibeles; en el subte, no baja de los 85, en el límite de lo peligroso para el aparato auditivo. Entonces el usuario pone su equipo a por lo menos 105 o 110 decibeles. Y hay que considerar que el volumen de aire entre el auricular y la membrana timpánica es de sólo un par de centímetros cúbicos: aun pequeños niveles sonoros conllevan una carga tremenda para el oído”.

– Después de la exposición a un ruido intenso, hay que dejar que los oídos descansen, darles tiempo para que se recuperen. “Es común que, al salir de un ambiente ruidoso, la persona no escuche bien o que escuche ruidos (acúfenos): así es como el oído avisa que está sufriendo -explica la investigadora Ester Biassoni-. El umbral auditivo necesita recuperar su estado normal, y no hay que exponerse a nuevos ruidos: no escuchar equipos personales, no poner música fuerte en el auto. Si se suman exposiciones sin que el oído se recupere, el daño aumenta mucho.”

 

El Cintra y un trabajo pionero en audiometría

Una cuestión de hertz y otoemisiones

Por Pedro Lipcovich

La audiometría que se usa habitualmente para determinar si una persona oye bien, “no permite detectar tempranamente problemas que empiezan para frecuencias de sonido altas pero que, cuando avanzan, llegan a las frecuencias imprescindibles para oír la palabra hablada”, explica Mario Serra, director del Cintra, de la UTN. Es que “la audiometría convencional va desde los 125 a los 8000 hertz y cubre básicamente el rango de la palabra hablada, lo que se denomina audición social útil. Pero la audición humana llega a los 20.000 hertz”.

Por eso, para determinar el umbral auditivo -el mínimo volumen de sonido que, para determinada frecuencia, puede percibir una persona-, los investigadores del Cintra utilizaron la “audiometría de rango extendido”, que cubre hasta los 16.000 hertz: “En esas altas frecuencias, la hipoacusia no influye en la palabra, aunque sí afecta la posibilidad de escuchar o ejecutar música: y, al aplicar esta audiometría a los mismos adolescentes en años sucesivos, constatamos que la hipoacusia avanzaba sobre las frecuencias que sí conciernen al lenguaje hablado”, cuenta Serra.

En el Cintra también utilizan otro aparato que permite detectar las “otoemisiones acústicas”. Es que “cuando el oído recibe la señal sonora, emite a su vez un ruido, que ese aparato registra: mide objetivamente el estado de la audición, a diferencia de las audiometrías, que siempre se basan en la respuesta de la persona. Las otoemisiones permiten detectar problemas auditivos en recién nacidos y tomar medidas precozmente”, cuenta Ester Biassoni, investigadora del Cintra. Al usar esta tecnología para el seguimiento de grupos de adolescentes a lo largo de varios años, el Cintra concretó un trabajo pionero en términos internacionales; los investigadores fueron invitados a disertar en países como Estados Unidos y Japón.

Larguirucho, hablá fuerte

Por Pedro Lipcovich

“Debería regularse el máximo nivel de sonido admisible en lugares públicos, especialmente los locales bailables -sostiene Mario Serra, del Cintra de la UTN-, tal como ya está reglamentado el nivel sonoro admisible en ámbitos ocupacionales. De hecho, el ruido excesivo actúa como una droga de abuso que, al elevarse el umbral auditivo, requiere dosis cada vez mayores y causa daños irreparables.” “La educación en contra del ruido excesivo debería empezar en el jardín de infantes -sostiene Ester Biassoni-. En la mayoría de los jóvenes estudiados registramos la actitud de escuchar música en altos niveles sonoros. Entre los 14 y los 15 años, sólo entre el 5 y el 10 por ciento reconoce el daño potencial de la música a alto volumen y prefiere no exponerse; cuatro de cada diez reconocen que puede hacerles daño pero se exponen igual; los demás no saben o no creen que pueda producirles daño.”

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