La música alta…

La Nación  Lunes, 1 de Septiembre de 2008

Un mal de los jóvenes

La música alta, un verdadero dolor de oídos

Puede causar daños severos; en los boliches no hay control

Lo llaman “el mal de la juventud actual”. Al salir de un boliche o de un recital, muchos se quejan de un zumbido agudo en los oídos. Esa sensación, llamada acúfeno por los expertos, suele desaparecer a las pocas horas, pero, en ocasiones, persiste durante días.

“Estamos ante un claro síntoma de daño en el oído interno, que puede llegar a ser irreversible”, advierte el otorrinolaringólogo Hernán Chimski, del Hospital de Clínicas.

La pérdida de audición se extiende entre los argentinos y el ocio ruidoso es uno de los principales culpables, dicen los especialistas.

La ley que rige en la ciudad de Buenos Aires, donde se concentra la mayoría de las discos, no impone límites al nivel de ruido dentro de establecimientos de espectáculos públicos, de locales bailables y de actividades recreativas. Sólo los obliga, en caso de que superen los 80 decibeles, a colocar en un lugar visible el aviso: “Los niveles sonoros en este lugar pueden provocarle lesiones permanentes en el oído”. La norma, sin embargo, es sistemáticamente incumplida. La Agencia de Protección Ambiental porteña reconoce que hasta hoy no ha controlado la colocación de los avisos de advertencia, a pesar de que es obligatorio desde mayo del año pasado, cuando se reglamentó la 1540, llamada ley del ruido.

Juan Carlos Piñer, encargado de la Dirección de Control de la Calidad Ambiental, alega “recursos limitados. “Por esa razón, nuestra prioridades atender las denuncias de los vecinos que viven cerca de estos locales ruidosos, ya que su perjuicio es involuntario”, admitió.

Precisamente, la ley 1540 establece topes para el nivel de ruido que pueden emitir las disco fuera de los locales. En la puerta del establecimiento, varía entre los 50 y los 60 db, según el tipo de zonificación del sector donde funciona. En tanto, el ruido emitido por los boliches debe mantenerse entre 40 y 60 decibeles si se lo mide dentro de la casa de un vecino.

Pero eso no es todo: quienes más riesgo corren de padecer secuelas de estos niveles agudos de ruido son los más chicos, que suelen ser llevados por sus padres a locales donde los juegos electrónicos emiten decibeles muy superiores a los que sus oídos sensibles pueden soportar (ver aparte).

Fuera de la ley

Durante una recorrida por discotecas de la calle Niceto Vega y sus alrededores, LA NACION pudo comprobar cómo prácticamente ninguno exhibe de manera visible el cartel dispuesto por ley, y aquellos que cumplen, como es el caso del Niceto Club, al 5510 de esa calle, sólo lo hacen parcialmente, ya que no respetan ni las dimensiones ni el color ni el mensaje de texto.

Las multas por quebrantar la ley del ruido oscilan entre 2000 y 30.000 pesos para los locales bailables, según el artículo 42. Cuando no se facilite el acceso a los agentes de la autoridad para realizar los controles pertinentes, se prevé un castigo de entre 6000 y 15.000 pesos.

“Se trata de un aviso similar al que figura en otros productos perniciosos, como el tabaco, que serviría para crear conciencia, ya que, mientras no moleste a los vecinos, dentro del local la música puede subirse al máximo”, explica la presidenta de la asociación civil Oír Mejor, Silvia Cabeza.

Los niveles sonoros de las discotecas porteñas superan los 120 decibeles en la mayoría de los casos, según ha verificado Oír Mejor por medio de mediciones con sonómetros de alta precisión.

“Cada vez atiendo a más pacientes con zumbidos intensos después de asistir a un recital o a una discoteca. Algunos pasaron la noche al lado del parlante y acuden a mí preocupados porque, después de días, la molestia sigue ahí”, afirma Chimski. Los médicos denominan acúfeno a esta dolencia, y se suele percibir más por la noche porque hay más silencio en el ambiente.

Con este panorama, los jóvenes se las deben ingeniar para evitar quedar sordos sin dejar de divertirse con amigos. Analía Anchel, de 24 años, debió visitar al médico con un acúfeno muy intenso que le duró varios días, después de haber asistido a un boliche bonaerense. “Ahora evito la cercanía de los parlantes, en especial cuando están a ras del suelo, muy cerca de los oídos. En verano, intento ir a discotecas al aire libre, donde el sonido se dispersa más.”

Entre los ruidos que superan los 110 decibeles, por ejemplo, se encuentran los que producen el bocinazo de un automóvil a un metro de distancia, la sirena de una ambulancia, un concierto de rock, una motocicleta con escape libre, un trueno a 600 metros a la redonda, los parlante trasero de un vehículo y un jet antes de despegar.

Los otorrinolaringólogos recomiendan proteger los oídos con algodones. “Son menos herméticos que, por ejemplo, unos tapones de silicona”, dice Chimski. “Influye mucho el tiempo de exposición. No es lo mismo escuchar música durante una hora que durante ocho”, añade.

“No hay estudios en la Argentina, pero, a escala mundial, la American Tinnitus Association (ATA) calcula que entre el 15 y el 18 por ciento de la población sufre de acúfeno”, según el especialista Darío Roitman, quien agrega que, dentro de poco tiempo, el número de afectados irá creciendo en forma alarmante si la tendencia continúa. “En sólo tres años, he recibido un 20% más de pacientes con acúfeno”, cuenta.

Europa lleva años de ventaja a la Argentina en la lucha contra el ruido, según Cabeza.

“Allí se han dado cuenta de que combatir la contaminación acústica es conveniente, incluso desde un punto de vista estrictamente económico, ya que descienden los gastos de la sanidad pública”, explica.

Roitman detalla una medida que evitaría muchas lesiones: “En Europa se controla el ruido también en el interior de las discotecas. Sólo se puede superar cierto nivel de decibeles durante un tiempo limitado”.

Colectivos

Según estudios realizados en la ciudad por el Departamento de Acústica y Electroacústica de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que dan cuenta de que la Capital es una de las ciudades más ruidosas de América del Sur, el parque automotor es uno de los máximos responsables de esta situación. En los últimos 30 años, se triplicó el nivel de ruidos en la ciudad. Y son los colectivos los mayores contaminantes.

Fernando Peinado

Efectos nocivos para la salud

  • La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que exposiciones prolongadas a niveles superiores a 75 decibeles (db) o bien a sonidos de corta duración, pero de más de 110 db, pueden causar una sordera permanente. Y establece cómo afecta esa progresión ruidosa en la salud.
  • Ya, a partir de 30 db, aparecen dificultades para dormir.
  • Con 40 db se dificulta la comunicación verbal.
  • 45 db pueden interrumpir el sueño.
  • 5 db, malestar diurno fuerte.
  • 65 db, comunicación verbal extremadamente difícil.
  • 75 db, pérdida de la audición en el largo plazo.
  • 110-140 db, pérdida de la audición en el corto plazo.

A menor edad, mayor sensibilidad

Un coro de padres y niños se divierte con el baile de un animador disfrazado de Pedro Picapiedra en Mundo Cartoon Network, en el shopping Alto Palermo, en Barrio Norte.

El sonómetro marca una media de 92 decibeles (db) durante los 20 minutos que dura el show, con un pico de 114 db cuando la combinación del griterío y la música tornan imposible cualquier conversación.

Según la OMS, existe un consenso entre la comunidad científica respecto de que los menores de edad, especialmente los chicos más pequeños, son los que más sufren la contaminación acústica.

Los estudios han demostrado que el ruido afecta el aprendizaje. En particular, perturba la capacidad de escuchar y retrasa el proceso de la lectura y de la comunicación verbal.

“Los niños perciben frecuencias agudas que los adultos no pueden captar. Por ejemplo, son más sensibles a sonidos intensos, como el chirrido del colectivo al frenar. Por eso, deberían contar con una protección especial”, advierte Hernán Chimski, otorrinolaringólogo.

Es más difícil detectar un acúfeno (el zumbido que queda en los oídos tras la exposición prolongada a ruidos fuertes) en un niño que en un adulto, porque el pequeño cree que ese ruido que oye es natural. “A veces se tarda en descubrir el daño, por lo que hay que indagar mucho más”, explica el especialista Darío Roitman.

El gerente de Mundo Cartoon, César Lago, apuntó al gobierno de la ciudad como responsable del desconocimiento sobre la ley en vigor.

“El gobierno no nos ha advertido de la obligación de colocar un cartel en la entrada como aviso por el ruido excesivo. Corresponde a él hacernos saber qué normas debemos cumplir”, se defiende Lago, quien prometió colocar la advertencia correspondiente por las posibles lesiones que puede ocasionar en un niño el exceso de ruido.

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